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1 de septiembre de 2014

Encuentros de la educación y la salud


El inicio de este espacio virtual de información y reflexión responde al interés por revisar algunos de los puntos de encuentro entre dos campos disciplinares muy amplios y complejos, que están presentes cotidianamente en nuestra vida: el de la educación y el de la salud.

Las personas nunca dejamos de aprender, en todo momento de la vida y en cualquier circunstancia o ámbito, no sólo el escolar; y aprendemos sobre todo lo que nos pasa e interesa, y sobre la forma en que nos pasa y la manera como esos hechos nos transforman. Uno de los ámbitos sobre los que el ser humano es cotidianamente educable es el de la salud; el hogar, la escuela, el trabajo y los medios de comunicación influyen, modelan y, en algunos casos, educan sobre la manera de percibir nuestro cuerpo y su bienestar, las formas de disfrutarlo, alimentarlo, protegerlo y “utilizarlo” para relacionarnos con otras personas y el entorno.


Al respecto de esta permanente capacidad humana para aprender en torno a la salud, vale la pena precisar dos ideas relevantes. Primero, cuando se habla –o escribe- de educación se refiere a una formación para vivir mejor. La educación es más que información o imitación; es un proceso formativo, de desarrollo de capacidades, de potencialidades y, en un sentido filosófico, la educación busca el logro de un cierto ideal humano, perfilado por los principios éticos y culturales de cada sociedad. El conocimiento que esta clase de educación genera es más que un cuerpo de saberes teóricos, fundados en certezas y sostenidos por la fuerza del texto o el dogma. La educación que busca la transformación positiva de las condiciones de vida de las personas es aquella que favorece conocimientos que le permiten a las personas vivir mejor; hablando de la salud, por ejemplo: conocimientos efectivos para proteger su organismo y su equilibro emocional, para relacionarse afectivamente con su familia, para ejercer su sexualidad satisfactoria y responsablemente, para distinguir por qué es tan difícil mantenerse lejos de las conductas de riesgo, para detectar cuándo se está siendo autodestructivo o dañando a quienes le rodean, para identificar opciones de cuidado, para saber qué derechos tenemos en torno a la protección y atención de nuestra salud y cuáles son los medios para su exigencia. A eso se refiere la UNESCO cuando habla de una educación que transforme la vida.

Una segunda idea relevante cuando pensamos en la educabilidad del ser humano, es la certeza de que siempre estamos aprendiendo con los otros, con una o un semejante; aprendemos en interacción, en comunicación; aprendemos en el encuentro y frente a las diferencias; de la mano de otras intenciones y otras subjetividades. Tradicionalmente solemos pensar que el otro que educa es la escuela; claro, es el ente socialmente legitimado para “enseñar”, y por lo tanto son sus intenciones (formales y ocultas) las que permean todos los fenómenos y contenidos que aprendemos en el ámbito escolar. Afortunadamente, también aprendemos de muchos otros actores y en muy diversas situaciones, y son todas esas intencionalidades las que van mediando los procesos de aprendizaje de los sujetos.

Por lo que hace al tema de la salud, desde hace más de cuatro décadas, a partir del llamado Informe Lalonde sobre “Nuevas perspectivas de la salud de los canadienses” (1974), se reconoce el papel que cuatro grupos de determinantes sociales tienen en la conducta de las personas y, especialmente, en la generación de muchos riesgos para la salud; esos determinantes son: 

1) la biología y la genética, 
2) el medio ambiente y los entornos, 
3) los estilos de vida y 
4) el sistema de salud. 

¿Qué relevancia puede tener esto? Básico: si se busca mejorar la salud de las poblaciones de una manera efectiva y sostenida, se requiere superar el paradigma médico centrado en la prevención y la atención de la enfermedad y trabajar en la formación de recursos humanos y en la educación de la población bajo un paradigma integral de promoción de la salud, que busque fortalecer en las personas sus capacidades para reflexionar la forma en que vive, para conocer las mejores medidas para una vida sana en todos los ámbitos, para que se corresponsabilice de su autocuidado y tome decisiones que contribuyan a su bienestar y el de su entorno.


Este reconocimiento y décadas de estudio en torno a muchos problemas de salud como la diabetes, el cáncer, la obesidad, las infecciones de transmisión sexual, los accidentes vehiculares, el alcoholismo o la adicción a sustancias psicoactivas, han mostrado la necesidad de desarrollar más y mejores métodos para educar a la población en la protección y conservación de su salud; no basta informar, no basta transmitir; no son suficientes las recomendaciones individuales en consulta, ni estar presente en una charla mensual comunitaria, ni leer un cartel y, tal vez, ni siquiera observar un video. Si la educabilidad en salud responde a las dos ideas arriba señaladas, es probable que se requiera trabajar por una educación para la salud que ayude a las personas a elegir transformar positivamente su forma de vida y, preferentemente, asumir que ese proceso reflexivo y de transformación será más potente y sostenible en tanto se genere participativamente en grupo.


Si bien buena parte de las respuestas al por qué de los problemas de salud de las poblaciones puede estar en las conductas individuales y en los llamados estilos de vida, es muy importante sumar al factor individual del riesgo, las condiciones, políticas y prácticas sociales que lo rebasan y lo determinan; es cierto que podría aplicar aquello de que “somos lo que hacemos…”, pero la complejidad de las desigualdades en el acceso a bienes y servicios relacionados con la educación, la vivienda, el trabajo, el esparcimiento y el cuidado de la salud son fundamentales para entender por qué unas personas enferman y se atienden de una manera, o de otra. De manera que bien nos vendría prepararnos para participar en el quehacer de una educación para la salud positiva, con métodos reflexivos y colectivos, además de estar acompañada de políticas sociales, económicas y de salud que favorezcan el desarrollo humano integral. 

25 de agosto de 2014

Educación saludable


Cuando se habla de educación para la salud, educación sanitaria y formación de recursos humanos en salud es fundamental reconocer que bajo toda práctica educativa subyace un discurso teórico-epistémico, el de la propia noción de educación, el de la noción de salud, el mismo ideal de ser humano y de sociedad que se busca. De la forma como la institución educadora y el educador respondan a preguntas sobre “¿para qué educamos?” y “¿cómo educamos?” dependerá la forma como se configure el acto educativo, así como los roles que asuman todos los actores del proceso.

En la Educación para la Salud se realizan acciones con un enfoque de desarrollo personal (centradas en el individuo) y otras de desarrollo social (dirigidas a grupos y organizaciones comunitarias); cuando la educación para la salud favorece el desarrollo de capacidades para el autodiagnóstico, el aprendizaje permanente, la toma de decisiones –individuales o por consenso-, la organización familiar o comunitaria, cuando favorece conocimientos en materia de protección de la salud, prevención de riesgos y enfermedades y, especialmente, saberes específicos en materia del ejercicio de los derechos para su atención, podemos decir que es una educación para la salud que genera empoderamiento y una educación para la vida.

Esto implica que el educador para la salud no puede ser sólo un transmisor de información ni un capacitador en temas especializados; se requiere que actúe como un problematizador, como un facilitador de situaciones y de oportunidades para reflexionar, para autocuestionar las actitudes y, especialmente, para construir saberes que permitan a las personas transformar sus vidas y sus prácticas de cuidado de la salud.


Por otro lado, la llamada educación médica o educación en ciencias de la salud, consiste en la formación de estudiantes de pre y posgrado dentro de campos disciplinares que contribuyen a la investigación y la atención de la salud y la enfermedad de las poblaciones. Al ser predominantemente una educación universitaria ha estado dominada por el enfoque academicista del conocimiento y el enfoque biologicista y patológico de la salud/enfermedad. La enseñanza médica o de ciencias de la salud enfrenta también la difícil tarea de renovar sus objetos de estudio, sus paradigmas pedagógicos y las propias actitudes personales de los cuerpos docentes. En Salud Pública hemos asumido que la “Educación en Salud” representa un campo multidisciplinar en el que se suman saberes de las ciencias de la salud y la biomedicina, de las ciencias de la conducta, de las ciencias de la educación y de las ciencias de la comunicación; esto ha implicado el compromiso por desarrollar programas de estudio y prácticas educativas con una visión más social e integral de la educación, la salud y el desarrollo humano; también la búsqueda de modelos de enseñanza constructivistas, que favorezcan la colaboración entre pares, el aprendizaje autónomo, la práctica profesional situada en contextos significativos y de realidad. Una educación profesional reflexiva y socialmente pertinente.

Ese ideal de educación para la salud y educación en salud aún está lejos. Debemos reconocer que la instrucción comunitaria en temas de salud, la asesoría individual en consulta y la educación médica o en ciencias de la salud, se ha caracterizado por el manejo dogmático del conocimiento, la verticalidad y unidireccionalidad de la comunicación y por el uso de métodos de enseñanza expositivos que fomentan el rol de receptor pasivo en el estudiante; ha sido por mucho tiempo una enseñanza bancaria que aliena más que empoderar.


Por ello resulta aún más necesario que en ambos ámbitos de acción –con la población usuaria de los servicios y en la formación profesional de trabajadores de la salud- se trabaje por lograr una educación saludable, que ayude a las personas a reconocer y reflexionar su realidad, que les permita participar en su entorno familiar y social con una mayor conciencia del origen de los problemas relacionados con la salud, que les acompañe en el proceso de descubrir los recursos informativos para cuidarse y cuidar de los demás, incluso que les permita identificar aquellos factores negativos para el cuidado de la salud que están determinados a un nivel superior a su propia voluntad y, finalmente, se requiere de una educación saludable que favorezca condiciones para que las personas tomen decisiones responsables e informadas para la transformación positiva de su vida y su entorno.

Es bajo esta lógica que surgió el nombre de este blog como “Educación saludable”, pensando en las acciones educativas generadas con la población para la protección de su salud, así como en un estilo de interacción educativa que hace falta en los espacios formales de preparación del recurso humano en salud: una interacción educativa saludable que respete las experiencias, los contextos y las perspectivas de las y los participantes, que potencie su desarrollo humano, que estimule en ellos la cooperación… actos educativos que no enfermen.